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Τὰ παιδιὰ τοῦ Avempace

Homero no existe, son los padres.

Y es que, a estas alturas, parece imposible poder ponerse en el papel del historiador, y buscar una incógnita a sabiendas de que toda literatura es mentira y que las narraciones, por creíbles que sean, siempre acaban en la última página, relegadas al oscuro mundo de la última balda de la estantería. Quizás en otros tiempos, la esperanza derivada de la búsqueda exhaustiva de la prueba que intente verificar la verosimilitud histórica de los poemas homéricos fuera suficiente para gastar toda una vida en el oficio de buscar algo que nadie sabe siquiera si existió y que podría proporcionarle la riqueza o el renombre necesarios. Pues, tras el visionado del documental, convenientemente producido por la BBC y que lleva por título La verdad sobre Troya, uno se para a pensar en materias de esas guisas, y termina convirtiendo un resumen en un baldío artículo de opinión. El audiovisual muestra la historia de la investigación en torno a la historicidad de la Iliada, el poema épico con más repercusión en la literatura universal, puesto en boca (y nunca mejor dicho) del legendario aedo ciego Homero, y que versa entorno a la cólera de Aquiles cuya historia abarca un episodio de la famosa Guerra de Troya, ¡tan bien retratada por nuestros hermanos hollywoodienses! Además, incluye la biografía de Heinrich Schliemann, el famoso arqueólogo de habas que encontró la ubicación de la ciudad de Troya y el supuesto tesoro de Príamo. Y qué sorpresa al descubrirse años después que no hay una Troya en aquella costa turca de Asia Menor, sino nueve Troyas superpuestas en estratos, y que la supuesta Troya homérica es la VIIa.

Son muchas las conjeturas, y poco se saca en claro. Hay quién colocó Troya en tierras británicas y quién la situó a orillas del Mar Adriático, ¿qué sé yo? A esto hay que añadir unos nuevos datos que muestran la existencia de un rey en Troya hacia el siglo XIII a.C. cuyo nombre era Alaksandus, similar a λξανδρος (¡Paris!), entre otras cosas…

Quizá sería necesario analizar todos estos datos bajo el influjo de una inquietante interrelación de elementos, y toparíamos con el término “poesía épica” sorprendidos y curiosos, sabiendo que nada nos impide terminar aceptando lo irrefutable: qué la Iliada no acaba en aquél ς ο γ μφεπον τφον κτορος πποδμοιο, que sus pies ligeros y tremolantes penachos se mantienen vivos en la posteridad, pero que, lamentablemente, literatura es literatura, y el hecho de componer un poema épico de inspiración quién sabe si histórica no deja claro su historicidad. Mala suerte.


Jesús Fernández Navarro


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1 comentario

Ana -

Ojalá fueran los padres ...

Gracias por compartir tu descubrimiento del valor de la literatura en un post tan sentido.
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